BATALLA CARNAL
(Noveno legado)
Y el interruptor mató la luz de aquella extraña
habitación. El silencio, arraigó en cada pedazo del cuarto de forma sepulcral.
Un baile de tentativas caricias buscaba en el aire la conquista de un templo
carnal. La torpeza de los ciegos hacía crecer la tensión entre los amantes
desconocidos. No acertaban a quererse por muchos días que hubiesen compartido
en el pasado. Mas aquella tarde en el parque, sus labios fundieron la pasión y
la lujuria en un eterno gesto imborrable grabado en sus olvidadizas memorias.
Impacientes, subieron las escaleras de aquel viejo edificio que se convertiría
sin quererlo en cómplice de sus pecados. Las prisas les ató las manos y la
impaciencia les hizo torpes que compartían sonrisas nerviosas ante la
inverosímil situación de sus cuerpos. Ambos sabían que jamás volverían a ser
amigos una vez salieran de aquella habitación. Pero era tal el deseo acumulado
que a ninguno de los dos les preocupo el tenerse como enemigos. La ropa llovió
mojando cada rincón de la habitación y en un suspiro, presentaron sus almas en
un abrazo lento y dulce. Y al encontrar la oscuridad, sus manos se hicieron
viejas conocidas, y sus besos fueron el reencuentro con antiguos amigos de la infancia y sus
caricias, eran las soñadas en noches de soledad y autoconsuelo. La luz de las
desahogadas miradas comenzó a iluminar aquel juego cómplice y la cordura fue
víctima de la pasión.
Y por fin, tu piel fue mi
piel, tus labios fueron mis labios y mi sentido decidió huir de mí en silencio.
Sin querer perder ni un minuto, detuve el tiempo entre tus brazos. Cada suspiro
era vida para mis latidos y cada roce, era desesperación para mi cordura. Tus
gemidos acompasados eran la melodía que me empujaban a bailar entre las
sábanas. El sudor lubricaba nuestras caricias entregadas que tímidamente
ofrecían sin querer la declaración que tan secretamente habíamos soportado
desde el día en el que nos conocimos.
Y por fin, tu amor se mostró sin tapujos, pero
no era momento para los te quiero. Presos de nuestros silencios, los dos
sabíamos que el fuego debía extinguirse entre las sábanas. Ni tú ni yo sabíamos
que pasaría después, pero en aquel instante, no pensábamos en el mañana y
simplemente, nos esforzamos por exprimir el presente. Aunque éramos conscientes
de que no habría mañana.
Y los suspiros se hicieron
infinitos en mi memoria, y efímeros en nuestra historia. ¿continuará?. Por
ahora, me desvivo por los recuerdos, mientras muero en la rutina.
FIRMADO “X”.
Y hoy quiero que suene el eco de dos latidos desbocados,
que sin quererlo, acompasan sus melodías, siendo conscientes de que pronto, han
de romper la batuta.
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